miércoles, 23 de octubre de 2019, 18:48

Visión

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El Principio de Peter y la Ley de Murphy no sólo son ciertos, son implacables. Después del infierno en la tierra que supusieron las campañas electorales y a pesar de haber agotado toda la producción de cirios nacional para suplicar que el coro celestial al completo acudiera al rescate de nuestra maltratada democracia, todo ha ido a peor. 


El futuro del país y sus instituciones están ahora mismo sometidos a una tormenta perfecta de trilerismo político y confusión oportunista pocas veces observado en nuestra historia reciente. Un presidente en funciones transmutado en el Roi Soleil de La Moncloa, infectado en su línea habitual por un agudo ataque de narcisismo cuasi sociopático. Un centro derecha incapaz de levantar la vista y hacerse cargo de las enormes responsabilidades que conlleva el hecho de ser elegido por los ciudadanos.


La tercera pata de este patético banco es una especie de Sindicato del Crimen Antidemocrático, integrado por una variada colección de nacionalistas totalitarios, terroristas reciclados, aprendices de marineros de Kronstadt, oscuros caciques isleños y agitadores populistas varios de todo pelaje y condición. Todos ellos con un objetivo común: someter a nuestro sistema constitucional a un proceso de degradación política y centrifugado territorial, para reinar sobre un montón de cenizas.


Ante esta evidente situación de emergencia democrática necesitamos una auténtica sobredosis de Sentido y Visión de Estado. Manuel Valls nos ha enseñado el camino en Barcelona. Sánchez debe hacer memoria y recordar como el Partido Socialista casi se rompe de manera irremediable con la abstención que permitió a Rajoy ser presidente. Casado y Rivera necesitan olvidar las viejas obsesiones infantiles  de ocupar tronos inexistentes y poner con generosidad la primera piedra de la recomposición del edificio constitucionalista. Todos sin excepción se lo agradeceremos. Una semana debería ser más que suficiente para que todos comprendan algo tan elemental.