martes, 7 de julio de 2020, 06:54

1.Maltrato

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Los últimos cuatro años en la historia de nuestra (todavía) joven democracia se han caracterizado por una especie de conjura de políticos necios, embarcados en una enconada carrera por someter al mayor desgaste  posible a las instituciones fundamentales que sustentan nuestra convivencia. No es que en legislaturas anteriores no se produjeran situaciones bochornosas de maltrato institucional, pero no constituía una conducta tan sistémica y, en general, predominaba el sentido de Estado. Podemos considerar, además, que todavía estábamos afinando los instrumentos y la partitura democrática.



Podemos comenzar el largo y desesperante memorial de agravios por la permanente deslegitimación de uno de los pilares de carga del sistema: El Poder Judicial. La falta de respeto y el desacato político a la actuación de jueces y fiscales, eso sí, a favor o en contra según convenga a los más cerriles intereses partidistas, se ha instalado como una práctica cotidiana que ya no escandaliza a casi nadie. Ni mencionamos aquellas conductas, cada vez más frecuentes, que invitan al puro desprecio o a la desobediencia.


Otra de las cuestiones más preocupantes que amenaza al buen desarrollo y funcionamiento del juego democrático es la permanente confusión, por no decir intento de secuestro, en la relación entre partidos e instituciones. Autoridades del Estado y de la Administración en pleno ejercicio sumidas en una campaña electoral permanente como auténticos posesos, declaraciones sectarias o de refriega partidista realizadas desde púlpitos que no corresponden y que inducen a una terrible confusión sobre la claridad que debe guiar a todo buen representante de la ciudadanía a la hora de aplicar lo que podríamos denominar los protocolos democráticos.


Estamos ante uno de los peores defectos de nuestra clase política. Nuestra, no lo olvidemos. Este comportamiento, una tormenta perfecta mezcla de malicia e ignorancia, no cesa de socavar el prestigio de nuestras instituciones y provoca a la larga, además, un enorme desapego de los ciudadanos hacia los usos democráticos. Estamos en vísperas de un recrudecimiento electoral que exacerbará estas y otras situaciones que analizaremos en los próximos días. Preparémonos para lo peor e intentemos pensar en como resistir la marea de cinismo mediocre que nos espera.