miércoles, 23 de octubre de 2019, 18:54

4.Picaresca

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España posee una larga tradición histórica de comportamientos dudosos y deshonestos, hasta el punto de que hemos legado al mundo un subgénero literario: la picaresca. Es bien cierto que nuestros gobernantes nunca nos lo han puesto fácil y el instinto de supervivencia en condiciones hostiles obliga muchas veces a saltarse las normas o por lo menos, a flexibilizarlas. Pero no es menos cierto que en nuestro país se ha instalado con el tiempo, con los siglos,  y con la carencia endémica de un sistema político sólido y democrático, una especie de modus operandi casi cultural de escaqueo ante las normas y la transparencia. Un comportamiento muchas veces aprobado e incluso jaleado por el cuerpo social.


En los tiempos que vivimos, a pesar de los enormes avances del reciente período democrático, este tipo de conductas se resisten a desaparecer y tampoco es que los políticos se esfuercen demasiado en erradicarlas, prisioneros casi siempre de una inercia alimentada por la pereza reformista y las  camarillas burocráticas partidarias. El qué hay de lo mío o el vete de mi parte que lo tienes solucionado, en resumen, el tráfico de influencias y la corrupción, ahora denominados en una magnífica pirueta semántica y eufemística como lobbysmo, persisten y muy generalizados como unos de los grandes males de la Nación. 


Tenemos que acabar con la cultura de colocar a nuestros amigos, parientes, amantes o compinches de partido en puestos públicos y privados, con los innumerables fraudes y engaños de todo tipo que se perpetran a diario, con el espectáculo de la confusa y obscena relación  entre políticos y empresarios. Es urgente sustituir ese pantano moral por un código ético y meritocrático que nos permita regenerarnos y avanzar. Una parte de la sociedad, todavía minoritaria,  ya lo ha comprendido y obra desde hace tiempo en consecuencia. Ahora son los dirigentes los que deben encabezar esta tarea. Podemos sugerirle a nuestros próceres  un primer y efectivo consejo para empezar. Cada día, al mirarse al espejo por la mañana, repítanse a sí mismos: hoy también voy a intentar ser una persona honesta. Así lograrán, al menos por unas horas,  que el nivel de decencia aumente y haya un granuja menos en el mundo.