miércoles, 23 de octubre de 2019, 18:53

5.Aparato

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Vivimos en tiempos en los que se suceden múltiples reflexiones y no menos numerosos ataques y descalificaciones a la democracia representativa, ese viejo, útil y querido artefacto que nos ha acompañado a los seres humanos en los mejores momentos de nuestra Historia. Todos los payasos populistas, sátrapas orientales y escuadristas pardos, sin olvidar a los nuevos Amos del Universo de Silicon Valley y aledaños,  están empeñados en convencernos de la inutilidad, absoluta o relativa de uno de los inventos más eficaces y contrastados de nuestra civilización.


No podemos negar que esta época, con sus enormes retos sociales, económicos, tecnológicos y medioambientales, exige como mínimo una profunda meditación sobre los mecanismos y la operatividad del sistema democrático. Cuestiones como el significado de la pesadilla plebiscitaria, el famoso derecho de autodeterminación o el demagógico concepto de la democracia directa producen una enorme confusión a la hora de definir el ejercicio de nuestros derechos.


Pero a la hora de señalar los defectos del sistema, existe un punto en el que todos estamos de acuerdo: los partidos y los políticos. Herramientas fundamentales e insustituibles de la arquitectura democrática, han pasado de ser el cauce básico de representación a la imagen de todos los males que, de forma real y a veces imaginaria, preocupan a los ciudadanos.


Las burocracias partidarias, conocidas por la afición como El Aparato, han convertido a uno de los símbolos por excelencia del sistema en grupos opacos que tienen como único fin su propia reproducción, mientras se reparten cargos y sueldos públicos en un esquema casi vitalicio y utilizan además como ariete de defensa de sus privilegios a una militancia cada vez más escasa y hooliganizada. 


La revitalización, casi la reinvención, del concepto de Partido Político se revela como una auténtica urgencia en nuestros tiempos. Circunscripciones electorales cercanas a los votantes, listas abiertas y una rígida limitación de mandatos, podrían ser las primeras medidas que aportarían energía e ilusión a una institución que sufre un severo desgaste. No olvidemos jamás que lo importante son las instituciones y su prestigio, no las personas que las ocupan.