lunes, 9 de diciembre de 2019, 02:23

6.Indigencia

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Hemos apreciado desde siempre que una de las características esenciales de un político democrático es la posesión de un cierto bagaje intelectual y de formación académica, además de sus virtudes morales y de un cierto sentido estético. No porque Salamanca pueda prestar lo que Dios no haya otorgado, sino porque siempre hemos supuesto que cierto nivel de alfabetización contribuye a una mejor toma de decisiones y a una relación más serena y constructiva con el complejo y siempre peligroso ejercicio del poder. En resumen, sin menospreciar a los autodidactas y sin caer en un elitismo snob, siempre es mejor estar en manos de alguien que haya recibido un mínimo de educación lo más esmerada posible.


Desde hace un par de décadas, el perfil de los políticos españoles se ha degradado de forma lenta pero inexorable. Oleadas de funcionarios, grandes opositores y malísimos y cobardes políticos, constituyeron la primera plaga. A ellos se añadieron los eternos penenes criados en la periferia feudal de los departamentos universitarios y los matones cuasi iletrados surgidos de las mazmorras de los aparatos de partido. Poco a poco, y según aumentaba el desapego de los ciudadanos hacia sus representantes, descendía la talla intelectual en las listas electorales.


Y no es que no nos hubiéramos acostumbrado al humillante desconocimiento de las lenguas extranjeras de nuestros presidentes de Gobierno o al permanente concurso de obviedades y tópicos en que se había convertido el debate político. En esta Legislatura, los niveles de zafiedad y de analfabetismo funcional rozan lo dantesco y, desde luego, constituyen una situación de enorme preocupación para los que pensamos en el futuro del País.


No hay más que escuchar a las inefables Calvo y Celáa, al orondo Ortúzar, al tabernario Rufián, a los pedestres Casado y Rivera o a la marcial Monasterio, para saber que ya estamos instalados en el Infierno de la Ignorancia. Ni una frase compleja, ni una compostura más allá de la pompa y la vanidad, ni un destello de humor, sólo estupidez congénita y vacío, todo ello acompañado de una mezquindad y una indigencia  intelectual y moral sin límites. Las excepciones, que las hay, están a punto de convertirse en una especie en extinción, expulsadas poco a poco por las trituradoras de los aparatos de partido.


Superar este oceáno de mediocridad es hoy una de las grandes necesidades y retos de la democracia española. El País tiene talento de sobra para una nueva clase política, acumulado en varias generaciones. Sólo hace falta recuperar el viejo concepto platónico y aristótelico del Gobierno de los Mejores, la excelencia intelectual y la máxima calidad ética  a la hora de ejercer el poder.